jueves, 1 de abril de 2010

En Buenos Aires, y de como llegué hasta allí

Los trenes en Argentina son escasos. Y cuando existen, su velocidad es de vértigo. Tan solo hay un tren por semana que salga de Bariloche y lo hace el domingo a las cinco de la tarde. En honor a Anna Puig y a Maruja Torres decido tomarlo. Cuando intento sacar el billete, únicamente queda en clase turista. Van a ser dieciseis horas en un asiento que no se puede ni reclinar (para los que hayan hecho el trayecto, ligeramente peor asiento que el del borreguero que unía Barcelona con Sevilla y Cádiz).

El precio es de risa, unos 10€. El tren recorre quinientos ochenta kilómetros hasta Viedma (atraviesa Argentina de oeste a este, por la parte norte de la Patagonia. Osea que la velocidad media debe ser de... ¿cuarenta?.

Cuando el tren inicia la marcha me doy cuenta de que lo peor no va a ser el asiento. Comienza a entrar polvo por todos lados. Es un polvo finísimo que se mete por todas partes: en la ropa, sobre el pelo, en las manos, de forma que te tienes que ir sacudiendo periódicamente hasta que te acostumbras y aceptas que eres un ser humano cubierto de polvo por todas partes. En el camino a la estación he conocido a una parejita argentina lindisima de 18 y 19 años que además tienen sus asientos detrás del mío. Comenzamos a compartir galletitas y chocolates a medida que el tren avanza. Pronto una chica comienza a hacer mate y uno se da cuenta de que la clase "turista" es la clase en la que se tiene que tomar el billete. Todos comemos, bebemos y hablamos de forma que el viaje se hace llevadero para quién está obligado a hacerlo y toda una experiencia para quienes lo hacemos por voluntad propia. Un chico que conocí en el bus de Esquel a El Bolsón (hippy total) me dice si quiero compartir una cerveza con él y con su amigo en el vagón restaurante. Tomamos y hablamos de política argentina y española. Nos echan para darle de cenar a los que viajan en clase pullman. El tren va parando en pueblos chiquitos y ciudades medianas de la Patagonia central. A su paso, como en una especie de "Bienvenido Mr. Tren" la gente saluda contenta a su paso y a mí se me hace la idea de que les gustaría que pasaran más trenes, que el tren les representa lo público, lo de todos y el bus lo privado, lo propietario y que esta gente que trabaja en el campo sabe lo que quiere. Serán cosas mías.

Dormimos como podemos y al día siguiente nuestras caras son unos poemas entre el polvo y el cansancio. Cuando llego a la estación de Viedma me lavo la cara y los churretes son antológicos (por no hablar de los moquitos negros). Saco el billete en bus a Buenos Aires y me doy un largo paseo por la ciudad.

Indicado por los locales como en una parrilla argentina donde cocina un chino. "Ve donde los chinos" me dicen y yo soy muy obediente y voy. Vuelvo a la estación de autobús y me quedo dormido sobre los asientos (la siesta era irrenunciable). Poco después tomo el bus a Buenos Aires. Los asientos son muy cómodos así que duermo hasta las siete de la mañana. Me despierto en el peaje de la autopista de entrada a esta enorme ciudad que es Buenos Aires. Veo lo feo que es todo y pienso que quiero que me devuelvan a la Patagonia.

Dejo mis cosas en el hostal y me voy a ver la ciudad. Me pego todo el día paseando. Obelisco, Centro, Plaza de Mayo, el barrio de la Boca (bombonera incluida),

 Puerto Madero,

San Telmo, veo casi todo lo turístico al sur del centro. La impresión de la ciudad es que es tremendamente activa (se me hace muy similar a Nueva York) y bastante poco cuidada. Acostumbrado a ver naturaleza en Patagonia, puedo observar que también en Buenos Aires hay todo un ecosistema. A las siete en el centro, las empresas sacan la basura en bolsas que inmediatamente son abiertas por una multitud (si no vi doscientos no ví ninguno) de cartoneros que destrozan la bolsa y sacan de ella los papeles. Me impresiona enormemente. Hay desde niños de seis o siete años hasta señores de cincuenta y por el aspecto uno no diría que se dedican a eso. Argentina me muestra su cara más tercermundista.

Al día siguiente camino por 9 de Julio hacia el norte y paseo por los barrios de los ricos (Recoleta). Jardines bien mantenidos, carriles bici, rutas de jogging, heladerías low-fat, mujeres con tetas de mentira, chicos que trabajan paseando perros, centros comerciales con imaginarium, Nike..., gente bien vestida que desayuna a las once leyendo el periódico... en fin.

Voy al museo de arte moderno latinoaméricano donde hay una excelente exposición de cuadros de la vanguardia cubana. La colección estable del museo no me llama tanto la atención. Paseo por el jardín japonés (una tanga, los jardines que están a su alrededor son igual de bonitos y son gratis) pero allí me tomo una Quilmes con unas almendritas y termino de leer El Aleph de Borges (era obligado terminar de leerlo en Buenos Aires). Me dirigo hacia Palermo Viejo para comer y ver el Barça. Me siento en el bar con la pantalla más gigante que veo y me equipo adecuadamente con una pizza y una cerveza de litro para ver el partido. Se me sientan al lado dos fans del Arsenal y uno me dice: "Te conozco. Tu estás en el mismo hostal que yo". Vemos el partido juntos y por la noche salimos a tomar unas copas en plan tranqui con sus compañeros de la academia de español.
 

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