lunes, 5 de abril de 2010

... ¿o no?

¿O quizá continúa sin que nos demos cuenta?

http://www.youtube.com/watch?v=hNVJpIRt_JQ




Més lluny, heu d’anar més lluny
dels arbres caiguts que ara us empresonen,
i quan els haureu guanyat
tingueu ben present no aturar-vos.
Més lluny, sempre aneu més lluny,
més lluny de l’avui que ara us encadena.
I quan sereu deslliurats
torneu a començar els nous passos.
Més lluny, sempre molt més lluny,
més lluny del demà que ara ja s’acosta.
I quan creieu que arribeu, sapigueu trobar noves sendes.

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Más lejos, tenéis que ir más lejos
de los árboles caídos que os aprisionan.
Y cuando los hayáis ganado
tened bien presente no deteneros.
Más lejos, siempre id más lejos,
más lejos del presente que ahora os encadena.
Y cuando estaréis liberados
volved a empezar nuevos pasos.
Más lejos, siempre mucho más lejos,
más lejos, del mañana que ya se acerca.
Y cuando creáis que habéis llegado,
sabed encontrar nuevas sendas.

¡Feliz vuelta de vacaciones a todos!

Se acabó el viaje...

Pues poco más que contar. Ayer por la mañana paseé por Montevideo, hice algunas fotos






y me encontré con  el final de la vuelta ciclista a Uruguay, pero ya me comenzaba a poder la melancolía. La salida de Uruguay fue un poco complicada, tuve que pedir que recuperarán la mochila después de facturarla para guardar unos bomboncitos que había puesto en el equipaje de mano, pagar seiscientos veinte pesos de tasa de aeropuerto que me dejaron con solo tres pesos para comer... suerte que aún guardaba algo de salamí. Luego el vuelo (después de probar todos los transportes, el avión es sin duda el más incómodo) y la sensación de extraño al volver a casa. ¿Por qué la gente es tan ruda en el trato en España? En fin, supongo que es cuestión de tiempo la readaptación...

Para todos lo que habéis seguido el blog, gracias por compartir este viaje conmigo, os dejo el poema "Mundo" de Mario Benedetti, con sus tres maravillosas últimas estrofas:


No vayas a creer lo que te cuentan del mundo
en realidad el mundo es incontable
en todo caso es provincia de ti

no vayas a creer lo que te cuentan del mundo
aun los que te aman mienten sobre él
probablemente sin saber que mienten

en la vigilia te sentirás lejano
testigo de tu mundo desde el mundo
sin nubes de tu aliento en los cristales

la humareda del hombre se elevará en la noche
pero la expectativa te volverá humilde

en el mundo el abismo es un oficio
las preguntas en vano / una vieja costumbre
los desatinos / marca de abolengo

no vayas a creer lo que te cuentan del mundo
(ni siquiera esto que te estoy contando)
ya te dije que el mundo es incontable

sábado, 3 de abril de 2010

Colonia de Sacramento y Montevideo

Por la tarde tomo el buquebus de Buenos Aires a Colonia del Sacramento en Uruguay. Es Jueves Santo y muchos argentinos comienzan hoy sus vacaciones. El Buquebus cruza el Rio de la Plata y en una hora te deja en una ciudad muy bonita, pequeñita y muy turística que es Colonia del Sacramento. He estado intentando localizar un sitio para dormir pero todos los hostales están ocupados. Además el camping municipal que aparece recomendado en todas las guías fue cerrado por el ayuntamiento el año dos mil siete, así que me temo lo peor. En el buquebus oigo utilizar la palabra camping, así que interrumpo la conversación y pregunto.
Se trata de un músico desexiliado de Uruguay de sesenta años que le explica como es el pais a un sueco de veintitrés (Erik). Erik es un tipo divertidisimo que lleva tres meses en Buenos Aires y hace el viaje a Uruguay para renovar su visa de turista en Argentina. Se acaba de comprar la carpa y no sabe donde va a acampar, así que le propongo que vayamos juntos. Para sellar la amistad compartimos chocolate y galletitas, muestra indudable de unión. Al llegar a Colonia ya es de noche. Erik viaja con una bolsa de mano, otra bolsa de supermercado con la comida, la  tienda de campaña y ... un skateboard. Cuando se lo señalo contesta riendo y mirando al skate con cara de sorpresa "Oh, man! This is so unnecesary", me parto de risa con él. Nos aseguran que hay un camping a tres kilómetros, así que caminamos los dos con sendos interrogantes sobre nuestras cabezas, pero al final conseguimos llegar después de saltar dos vallas y cruzar un campo de fútbol. Al primero que vemos en el camping le preguntamos donde está la recepción. Se rie y nos dice que en la entrada, que como hemos entrado saltando la valla no la hemos visto. Pagamos con pesos argentinos porque no tenemos moneda uruguaya y nos vamos de vuelta al pueblo (ahora sí siguiendo el camino normal) a ver que se guisa. Los precios en Uruguay son en general más caros que en Argentina, así que no vamos a poder ir de bares. Compramos unas litronas y nos sentamos cerca del rio en un paseo donde casi toda la juventud del pueblo está haciendo un botellón. Comenzamos a hablar con dos chicos y una chica y al final cuando nos damos cuenta nos dan están dando las cuatro de la mañana. Volvemos al camping y dormimos.

Por la mañana paseo por la ciudad, una especie de parque temático infestado de turistas. Eso sí, todo en su sitio para hacerse fotos. Una especie de Tossa de Mar de Uruguay.


 Paso por una exposición donde me impresiona este cuadro


Me como unas empanadas en un parque con una cerveza y me paso una hora hablando con dos jubiladas que me aseguran que en tiempo de la dictadura militar se vivía mejor, que hace tres meses en las últimas elecciones han ganado los comunistas y que la gente ya se está arrepintiendo... Al volver al camping para recoger las cosas y tomar el bus a Montevideo veo este cartel de las últimas elecciones y pienso que quizá el lamentable estado en que ya se encuentra refleja en parte el sentir del pueblo uruguayo. El slogan me suena bastante familiar...


Por la noche llego a Montevideo. Recorro un poco acojonado los tres kilómetros que separan la terminal de bus del hostal y después de dejar las cosas como un "chorizo completo" en la Plaza Independencia escuchando Sabina. La gente disfruta de una calida noche de otoño en una ciudad prácticamente vacía en vacaciones. Los uruguayos nacen con un mate en la mano y un termo bajo el brazo. Raros son los que en algún momento de su vida lo abandonan. Camino un rato por la ciudad vieja y vuelvo al hostal para dormir. 
Al día siguiente recorro Montevideo, viendo el mar con unos colores un poco raros...  


y muestras de reciclaje


Por la tarde visito la tumba de Mario Benedetti. Impresionante muestra de humildad. Ni el nombre tiene grabado.


Me vuelvo al hostal, siestecita y entrada de blog.

jueves, 1 de abril de 2010

En Buenos Aires, y de como llegué hasta allí

Los trenes en Argentina son escasos. Y cuando existen, su velocidad es de vértigo. Tan solo hay un tren por semana que salga de Bariloche y lo hace el domingo a las cinco de la tarde. En honor a Anna Puig y a Maruja Torres decido tomarlo. Cuando intento sacar el billete, únicamente queda en clase turista. Van a ser dieciseis horas en un asiento que no se puede ni reclinar (para los que hayan hecho el trayecto, ligeramente peor asiento que el del borreguero que unía Barcelona con Sevilla y Cádiz).

El precio es de risa, unos 10€. El tren recorre quinientos ochenta kilómetros hasta Viedma (atraviesa Argentina de oeste a este, por la parte norte de la Patagonia. Osea que la velocidad media debe ser de... ¿cuarenta?.

Cuando el tren inicia la marcha me doy cuenta de que lo peor no va a ser el asiento. Comienza a entrar polvo por todos lados. Es un polvo finísimo que se mete por todas partes: en la ropa, sobre el pelo, en las manos, de forma que te tienes que ir sacudiendo periódicamente hasta que te acostumbras y aceptas que eres un ser humano cubierto de polvo por todas partes. En el camino a la estación he conocido a una parejita argentina lindisima de 18 y 19 años que además tienen sus asientos detrás del mío. Comenzamos a compartir galletitas y chocolates a medida que el tren avanza. Pronto una chica comienza a hacer mate y uno se da cuenta de que la clase "turista" es la clase en la que se tiene que tomar el billete. Todos comemos, bebemos y hablamos de forma que el viaje se hace llevadero para quién está obligado a hacerlo y toda una experiencia para quienes lo hacemos por voluntad propia. Un chico que conocí en el bus de Esquel a El Bolsón (hippy total) me dice si quiero compartir una cerveza con él y con su amigo en el vagón restaurante. Tomamos y hablamos de política argentina y española. Nos echan para darle de cenar a los que viajan en clase pullman. El tren va parando en pueblos chiquitos y ciudades medianas de la Patagonia central. A su paso, como en una especie de "Bienvenido Mr. Tren" la gente saluda contenta a su paso y a mí se me hace la idea de que les gustaría que pasaran más trenes, que el tren les representa lo público, lo de todos y el bus lo privado, lo propietario y que esta gente que trabaja en el campo sabe lo que quiere. Serán cosas mías.

Dormimos como podemos y al día siguiente nuestras caras son unos poemas entre el polvo y el cansancio. Cuando llego a la estación de Viedma me lavo la cara y los churretes son antológicos (por no hablar de los moquitos negros). Saco el billete en bus a Buenos Aires y me doy un largo paseo por la ciudad.

Indicado por los locales como en una parrilla argentina donde cocina un chino. "Ve donde los chinos" me dicen y yo soy muy obediente y voy. Vuelvo a la estación de autobús y me quedo dormido sobre los asientos (la siesta era irrenunciable). Poco después tomo el bus a Buenos Aires. Los asientos son muy cómodos así que duermo hasta las siete de la mañana. Me despierto en el peaje de la autopista de entrada a esta enorme ciudad que es Buenos Aires. Veo lo feo que es todo y pienso que quiero que me devuelvan a la Patagonia.

Dejo mis cosas en el hostal y me voy a ver la ciudad. Me pego todo el día paseando. Obelisco, Centro, Plaza de Mayo, el barrio de la Boca (bombonera incluida),

 Puerto Madero,

San Telmo, veo casi todo lo turístico al sur del centro. La impresión de la ciudad es que es tremendamente activa (se me hace muy similar a Nueva York) y bastante poco cuidada. Acostumbrado a ver naturaleza en Patagonia, puedo observar que también en Buenos Aires hay todo un ecosistema. A las siete en el centro, las empresas sacan la basura en bolsas que inmediatamente son abiertas por una multitud (si no vi doscientos no ví ninguno) de cartoneros que destrozan la bolsa y sacan de ella los papeles. Me impresiona enormemente. Hay desde niños de seis o siete años hasta señores de cincuenta y por el aspecto uno no diría que se dedican a eso. Argentina me muestra su cara más tercermundista.

Al día siguiente camino por 9 de Julio hacia el norte y paseo por los barrios de los ricos (Recoleta). Jardines bien mantenidos, carriles bici, rutas de jogging, heladerías low-fat, mujeres con tetas de mentira, chicos que trabajan paseando perros, centros comerciales con imaginarium, Nike..., gente bien vestida que desayuna a las once leyendo el periódico... en fin.

Voy al museo de arte moderno latinoaméricano donde hay una excelente exposición de cuadros de la vanguardia cubana. La colección estable del museo no me llama tanto la atención. Paseo por el jardín japonés (una tanga, los jardines que están a su alrededor son igual de bonitos y son gratis) pero allí me tomo una Quilmes con unas almendritas y termino de leer El Aleph de Borges (era obligado terminar de leerlo en Buenos Aires). Me dirigo hacia Palermo Viejo para comer y ver el Barça. Me siento en el bar con la pantalla más gigante que veo y me equipo adecuadamente con una pizza y una cerveza de litro para ver el partido. Se me sientan al lado dos fans del Arsenal y uno me dice: "Te conozco. Tu estás en el mismo hostal que yo". Vemos el partido juntos y por la noche salimos a tomar unas copas en plan tranqui con sus compañeros de la academia de español.
 

sábado, 27 de marzo de 2010

Resumen de los últimos días

Entre unas cosas y otras ha sido difícil tener acceso a internet los últimos días.

Abandonando la carretera austral

Mi última entrada es sobre Puyuhuapi, un bonito pueblo de pescadores chileno en un fiordo.



Allí pude ver y comentar con un pescador como se calafatea un barco

Aproveché para lavar la ropa y justo después de comer agarré el bus a Santa Lucía, con la esperanza de poder conectar con otro bus que me llevase a Puyuhuapi. Santa Lucía es un pueblo muy pequeñito (unos 300 habitantes) al que la mayoría de los habitantes llegaron después de que hace dos años el volcán Chaitén entrara en erupción y obligase a las autoridades a evacuar a su población. Después de llegar me entero de que el siguiente bus a Futaleufú tardará varios días en pasar así que me pongo a hacer dedo. Se hace de noche y no me para nadie. Busco un alojamiento (en casa de una familia muy amable desplazada desde Chaitén) y paso la noche allí. Como todas las familias en la carretera austral, en esta casa la vida gira alrededor de la cocina de leña. Ésta se sitúa en el centro del salón-cocina y tiene perpetuamente encima dos "teteras", una de cinco litros y otra de un litro, llenas de agua caliente que es muy útil para muchas cosas. La familia gira alrededor: la mujer cocina, el hombre toma mate...
Al día siguiente por la mañana me pongo a hacer dedo en cuanto me levanto junto con un yanki que quiere transportar un kayak a Futaleufú haciendo dedo y varios israelíes. A eso de la una alguien me recoje y me lleva hasta Puerto Ramírez, con menos población aún que Santa Lucía. De allí enseguida otro coche me lleva a Futaleufú. El tiempo está feo y la gente de la ciudad no es amable conmigo, así que decido intentar cruzar en este mismo día a Esquel, en Argentina. Después de varias horas, cuando falta poco para que alochezca un holandés en un coche de alquiler me toma y dice que solo va hasta la frontera. De allí a Esquel tendré que buscarme la vida. Nada más bajo en la frontera le pido al hombre que recibe el coche de alquiler si me puede acercar a Esquel. Acepta, así que genial. En Esquel alucino al estar de vuelta a la civilización después de una semana de carretera austral. Se me abren los ojos ante las vitrinas iluminadas y los supermercados llenos de todo tipo de producto. No lo puedo evitar, me alegro de volver a Argentina. Busco hostal y después me zampo un bife de chorizo con un buen vinito para cenar.

Parque del Alerce Andino

Los alerces andinos (no confundir con los europeos) son árboles milenarios y se encuentran entre los seres vivos más antiguos de la creación. Para visitar el parque de alerces hay que tomar un catamarán que atraviesa un lago precioso

y después caminar durante dos o tres kilómetros. Visito el parque y alucino con los alerces, 
pero también con los arrayanes, que me enamoran. 
 
Camino a Bariloche  

Muy temprano por la mañana salgo camino a El Bolsón. Cuando llego allí está lloviendo, así que me decido tomar el siguiente bus a San Carlos de Bariloche, para ver si allí hace mejor tiempo. Nada más me bajo en Bariloche comienza a diluviar. Mi mochila y yo nos empapamos y me detengo en un patinaje sobre hielo para secarme y tomar un café hasta que amaine. Sale el sol, busco hostal y duermo.

Tres días caminando por el parque municipal Llao-Llao

Dejo parte de mi equipaje en el hostal y tomo el bus 10 hacia la base del sendero que lleva a el refugio López, en el parque municipal Llao-Llao. Pienso hacer una ruta de tres días por el parque. La subida al refugio es corta (unas 2 horas de tiempo real, 4 según el mapa del centro excursionista) aunque muy dura. La parte final empieza a llover agua nieve. El refugio está a unos 1600 msnm. La vista nos desvela una bahí que parece haber sido diseñada más que producida por la naturaleza, la bahía de Bariloche y la península de Llao -Llao. 

Después de hablar con el refugiero para dormir allí desisto de subir a la cima del cerro. Está nublado, dice que es peligroso y que no veré nada. Poco después llega al refugio una pareja de suizos con la que trabo amistad y acabamos pasando la noche jugando al Uno. 
El día siguiente por la mañana, debido al mal tiempo es imposible cruzar al refugio Italia (en la Laguna Negra) por el sendero que transita por las cumbres, así que bajo con los suizos de nuevo a la carretera, camino unos kilómetros por ella y tomo el sendero que sube a la Laguna Negra. Son 14 kilómetros que terminan en "el caracol", una subida en la que en algunos casos tengo que utilizar las manos. Llueve abundantemente y hace un viento atroz, que hace que las gotas se sientan como disparos cuando te dan. Justo antes del refugio hay un paso de viento que prácticamente me tira al suelo. 
 Finalmente llego, me caliento y me cambio de ropa y me ceno una pizza. Estoy reventado. 
Al día siguiente bajo los 14 kilómetros para terminar mi recorrido. Me tomo una cerveza en una fábrica artesanal en la "Colonia Suiza" y espero el autobús. El bus llega, pero a otra parada, así que no lo tomo... grrrrr. Echo a caminar para intentar volver haciendo dedo y alguien en una bicicleta me grita: "No puede ser que seas tú". Es Clementina, con la que coincidí en Torres del Paine y en el Chaltén. Me acompaña un rato y decidimos que alquilaremos juntamente un coche para hacer la ruta de los siete lagos. Al llegar a Bariloche buscamos coche de alquiler y después cenamos de lujo en un italiano.

La ruta de los siete lagos

Alquilamos el coche a las 11 de la mañana y salimos camino Villa La Angostura (unos 80km), donde se encuentra el único bosque de arrayanes del mundo (o eso dicen los argentinos). Al llegar allí alquilamos unas bicis para hacer el sendero de 12 km dentro del parque natural que lleva al bosque de arrayanes. Paramos a comer unas empanadas en una praderita a orillas de un lago.

Continuamos y contemplamos los arrayanes, que tienen algo de mágico. Lamentablemente coincidimos con la llegada de un barco de turistas de forma que no podemos disfrutar del silencio del bosque sino más bien del "Ponte ahí que te hago una foto". Yo también hago fotos, por eso...
Volvemos a hacer los 12 km en bici que nos separan de Villa La Angostura y retormamos el camino en coche que recorre unos escenarios preciosos.

Cuando oscurece paramos en un camping libre (en el que solo hay pescadores) y plantamos las tiendas a la orilla de un lago Espejo. Preparamos un arrocito para cenar. La visión del lago a la luz de la luna y con el techo de estrellas no se puede fotografiar.
Por la mañana seguimos la ruta, sin palabras


pasamos por San Martín de los Andes, que es un pueblo precioso (como no) a orillas de un lago. Nos comemos una pìzza espectacular y seguimos hacia Junín (un pueblo más de trabajadores) donde el escenario cambia para convertirse en estepa patagónica, más seca. De ahí entramos al parque nacional Lanín. Casi de noche acampamos en el último camping del parque (obviamente, a orillas de un lago) y con la vista del volcán Lanín.
Por la mañana hacemos en 6 horas (ida y vuelta) el sendero hasta la base del volcán Lanín.


 Nos zampamos unos bocatas de queso, huevo y tomate (lo que queda) y comenzamos a conducir de vuelta
a Bariloche. Tenemos que estar allí mañana a las 11 de la mañana. Al llegar a San Martín decidimos tomar la carretera que lleva por el paso de Córdoba. Es una carretera de montaña un poco más corta pero con peor ripio y más sinuosa. Acampamos en el lago Filo. Al día siguiente salimos a las 8:00, contemplamos la vista desde el paso

y llegamos a tiempo a Bariloche. Visitamos el museo, comemos y yo me pongo a ver el Barça (que ha ganado al Mallorca) mientras escribo esta entrada.
 
 

 
 
 

martes, 16 de marzo de 2010

Coyhaique - Parque Nacional Queulen - Puyuhuapi

A las ocho me levanto y veo como despierta la ciudad de Coyhaique.
A las nueve ya se ha normalizado la actividad. A las diez estoy en la estación de autobuses, esperando la salida del bus a Puyuhuapi. Me comenta un alemán que a él le vendieron ayer un billete pero como no había suficiente gente, el bus no salió. Rezo para que hoy seamos bastantes. Finalmente a las once menos cuarto somos bastantes y el bus sale. El segundo conductor es muy amable y va haciendo labores de guía, explicándonos que la carretera se construyó en tiempos de Pinochet, y que antes había unicamente un camino que se podía hacer a caballo vadeando varios rios, de forma que sesenta kilómetros podían llevarte una semana. Él está en la zona desde quince años antes de la carretera. Vamos parando para hacer alguna fotos en lugares espectaculares, ante la paciencia de los pasajeros chilenos.

El bus me deja a las cuatro en la puerta del Parque Nacional Queulat. Camino hacia el Ventisquero Colgante. Parece Gulliver en el pais de los gigantes (ventisquero=glaciar). El bosque es muy verde. Lleno de helechos y de musgos y líquenes. Algunas especies son exageradamente grandes.

La vista del ventisquero al final del sendero es alucinante.
Después de ver los sitios de acampada dentro del parque, decido que quiero llegar a Puyuhuapi a pasar la noche. En parte porque quiero dormir en cama, en parte porque quiero dar señales de vida, que hace una semana que no puedo comunicarme con nadie y pienso que estarán preocupados. Según el guardaparques ya ha pasado el último autobús, así que toca hacer dedo. Puyuhuapi está a unos dieciocho kilómetros. Espero durante una hora mientras atardece. Pasan varios coches pero no se detienen. Finalmente pasa un bus y lo paro. Me lleva a Puyhuapi, un pueblo muy bonito, pescador a la orilla de un fiordo. Busco alojamiento (de nuevo en una casa particular habilitada para visitantes) y ceno unas lentejas con arroz y una ensaladita de frutas. Doy un paseito y duermo como un bendito.

lunes, 15 de marzo de 2010

Parque Nacional Cerro Castillo - Coyhaique

Me despierto temprano y me encamino hacia el Parque Natural Cerro Castillo. Hay dos trekkings, uno de 3 días y otro de cuatro... lamentablemente no dispongo de tanto tiempo. También se puede subir a caballo en un día, pero debía haberlo contratado ayer. Decido hacer el camino hasta donde pueda y volver. La guía dice que cuidadín con el camino que está mal señalizado y es fácil perderse. Como yo me he leido el manual de los jovenes castores, creo que no tendré problema, así que me voy solito en busca del cerro.
El camino comienza siguiendo un rio por una llanura. Las vistas del cerro son muy bonitas.
Poco a poco el camino se va empinando, hasta que se convierte en una subida muy importante. Se ven otros cerros que estaba ocultos a medida que subo la ladera de un valle más verde que los que había visto hasta ahora.
Se nota que hacia el norte aumenta la humedad. La disposición del bosque es diferente. Subo durante unas tres horas hasta que ... me pierdo, por sobra de autoconfianza. Sigo subiendo y cuando hace media hora que perdí el camino decido volver para atrás. No me he cruzado con nadie en todas las horas que llevo andando. Empiezo a bajar por sitios complicadillos... las piedras se mueven, tengo que atravesar algún zarzal y algún río... me empiezo a acojonar porque cada vez está más empinado, acabo bajando con pies y manos. A la hora y media de ir campo a través recupero el camino. Bajando se ven unas excelentes vistas de valle.

Al poco me encuentro con una pareja de chilenos que viene de hacer el trekking de los cuatro días. Bajamos un rato juntos. Luego les adelanto. Cuando llego al pueblo estoy muy cansado, han sido unos veinticinco kilómetros con una subida importante. Recojo la mochila de la casa donde dormí, como algo y me pongo a hacer dedo. El sol cae a plomo (son como las cinco de la tarde). Empieza a aparecer muchísima gente para hacer dedo (como unos veinte). Me uno a los chilenos, que como tienen una chica, tienen más posibilidades. Un grupo de once israelíes sacan a las dos tías más buenas que tienen. La competencia está servida. Es la guerra del autostop. Algunos israelíes se suben en una camioneta hacia el siguiente pueblo. La chilena (que es bastante guapa) contrataca conquistando a una familia que va en pickup. Ella puede ir dentro, mientras que su novio y yo iremos en la parte de atrás. La experiencia de hacer cien kilómetros de la carretera austral en la parte trasera de una ranchera con el viento dándote en la cara con toda su fuerza y tu intentando agarrarte para no caerte en las curvas mientras hablas a gritos con un médico chileno es inenarrable. Las vistas son increibles. La entrada a Coyhaique es espectacular. Lástima que la cámara quedó dentro de la mochila y es imposible sacar fotos. A las nueve de la noche llegamos a Coyahique, la capital de la carretera austral.

Una ciudad que huele a leña quemada, pero que no está mal. Especialmente por su enclave entre montañas. Busco alojamiento, saco un billete de autobús para ir mañana a Puyuhuapi, doy un paseo y ceno en el restaurante de Los Bomberos, donde tienen un arte inigualable friendo patatas. Los platos que veo servir siempre vienen debajo de una montaña de patatas fritas. Me encanta la comida saludable. Doy otro paseito, y a dormir.

domingo, 14 de marzo de 2010

La carretera austral. Puerto Guadal - Catedral de mármol - Cerro Castillo

Me despierto, me sirven desayuno y les pregunto como puedo seguir la ruta hacia Rio Tranquilo, para ver la catedral de mármol. Me dicen que  a las ocho y media de la mañana pasa el único bus. Son las ocho y media. Desayuno rápido y llega el bus. Les pago (me piden unos 13€ por todo, les doy algo más) y salgo camino a Rio Tranquilo. En Rio Tranquilo hablo con el Sr. Lenin para la excursión a la catedral de mármol. Se va en barca y se pueden ver unas cuevas que la erosión a excavado en enormes rocas de mármol. Justo al llegar sale un bote con tres argentinos, así que me uno a ellos. El sitio es impresionante.
La barca se introduce por el interior de la piedra, entrando por un lado y saliendo por otro. Espectacular.
Cuando acabo me planteo que hacer, no hay buses hacia mi siguiente destino, Villa Cerro Castillo, unos ciento veinte kilómetros al norte, pero hay un pueblo a veinticuatro kilómetros, así que decido echar a andar e ir haciendo dedo. Ando unos cinco kilómetros sin que pase ni un coche por la carretera... Veo que llegaré andando al siguiente pueblo. Me recoge un campesino y me adelanta dos kilómetros hasta casa de su papá. Dos menos que tengo que andar. Sigo andando durante tres horas, la carretera es generosa en vistas bonitas. 

Llego al cruce del pueblo, llevo unos veinte kilómetros andados y estoy cansado. Como lo que me queda (pan, queso, salchichón y galletitas de postre) y me pongo a hacer dedo. A la hora o así me para un chico joven que viene desde Caleta Tortel (lleva unas ocho horas de viaje por carretera de ripio...). Ya ha parado antes a dos israelíes así que somos cuatro en el coche. Me acerca hasta Cerro Castillo, dónde le invito a un par de cervezas, que acepta encantado. Se va, porque áún le quedan unas horas de camino hasta donde trabaja. Villa Cerro Castillo tiene unos cuatrocientos habitantes. Las casas se las han construido ellos mismos, con madera del bosque. El sitio es muy cutre, pero a la vez extraordinariamente auténtico. Esta gente vive aquí a cien kilómetros por carretera de ripio del pueblo más cercano (unas 3 horas). Me planteo de dónde viene alguien para poder encontrarse mejor en un sitio así. Me encuentro una señora por la calle y me muestra un sitio donde puedo dormir (en su casa). Muy orgullosa me dice que la diseñó ella misma. La casa es para verla... pero obviamente acepto la oferta. Me preparo la cena (pasta con tomate y atún) en una cocina de leña y me echo a dormir. Descubro que a la habitación le falta una lámina de madera y por allí entra todo el frio del exterior. Pero la señora dispone de mantas mil para cubrir este tipo de problemas. Me las echo encima y duermo como un ángelito.

sábado, 13 de marzo de 2010

Ruta Nacional 40 - Los Antiguos - Chile Chico - Puerto Guadal

A las siete voy despertando en el bus. El despertar del que pasa una noche en autobús es por etapas: muy dormido, dormidillo, un ojillo entreabierto, medio grogui y finalmente desperezamiento exagerado y restablecimiento de la actividad neuronal.
Paramos a desayunar en un sitio muy curioso. Los dueños son unos chicos jóvenes que me recuerdan al Carmona (de mi pueblo). Unas horas más tarde paramos de nuevo en Bajo Caracoles. Sólo faltan unas retamas secas pasando por encima de la carretera para completar el paisaje del Far West. Es la pura estepa Patagónica. Kilómetros y kilómetros de llano amarillo. Estoy en la Ruta 40, la de diarios de la motocicleta.
Alrededor de las dos del mediodía llego a Los Antiguos. Chile Chico está a cinco kilómetros según mi guía y a once kilómetros según todo el mundo al que le pregunto. Me paso por información turística y decido dar un paseo por el pueblo. El bus a Chile Chico sale a las tres y media, osea que no tengo mucho tiempo. En mitad del paseo (el pueblo no tiene nada que ver) se me lanzan encima dos perros de esos que en una época en España salían en los telediarios porque mordían a los niños pequeños. Paso más miedo que siete viejas. Obviamente retrocedo y cambio la ruta que me había marcado el energúmeno de información turística. El tipo me mandó a pasar por delante de la casa del criador de perros asesinos. Hace falta ser...
Paso por un parque que el tipo dijo "podrás ver fauna local". Veo unas vacas pastando.

En fin, un fichaje el de información turística.
Llego justo a tiempo para agarrar el bus a Chile Chico. Pasamos la frontera y en Chile Chico compro provisiones para comenzar a hacer la carretera. Chile Chico es otro pueblo con poco interés, así que decido encaminarme hacia el siguiente pueblo. Hay dos israelíes haciendo dedo. Serán las cinco y media de la tarde. Les pregunto si llevan mucho rato y me dicen que cinco horas. Esto tiene mala pinta. Es sábado y el próximo bus no sale hasta el lunes. Me niego a pasar dos días en este pueblo, así que echo a andar carretera adelante. El siguiente pueblo está a diecisiete kilómetros. En el peor de los casos llegaré caminando a la hora de la cena. A los diez minutos de andar me recogen unos campesinos en un pickup. Van al pueblo que está a diecisiete kilómetros. A los cinco kilómetros llegamos a un cruce y les pregunto
- ¿Pero el pueblo no está en la carretera?
- No, está a doce kilómetros.
Me bajo en el cruce. Pasan dos horas y no me para nadie. Me dedico al deporte oficial del autoestopista. Tirar piedras. Rompo una botella a pedradas y le doy a todas las señales de los alrededores. Trato de leer pero el viento hace que sea imposible. Ya me veo desandando los cinco kilómetros que me separan de Chile Chico. Me doy de plazo hasta las siete y media para que no se me eche la noche encima en el camino de vuelta. A las siete y veinte pasa un 4x4 argentino y ... para. Son una parejita muy simpática. Se dirigen a Puerto Guadal. Ni en el mejor de mis sueños. Subo y vamos parando para hacer foto en los miradores del camino, que discurre por la orilla del lago Buenos Aires-General Carrera (el segundo mayor de surámerica).
Al coche no le entran las marchas y en ocasiones nos quedamos parados por minutos mientras él trata de meterla (la primera) y ella le acaricia el hombro para que no se mosquee. El chaval es un cielo y resiste sin cabrearse. Yo en su lugar estaría con un cabreo de caballo.
Llegamos a Puerto Guadal a las diez y cuarto. Bueno, realmente llegamos a la cabaña donde ellos se alojan, que se encuentran a dos kilómetros del pueblo. Tal y como va el coche no me atrevo a pedirles que me acerquen. Me coloco mi linterna en la cabeza y echo a andar.
Al llegar al pueblo no se ve ni un alma. Casi no hay ni luz. Veo una tienda de licores abierta y me encamino hacia allí... ¿por qué será? Atiende un señor mayor. Le pregunto si sabe de algún hospedaje. Me dice que espere. Sale su mujer y me mira de arriba a abajo. Me pregunta que qué quiero. Le contesto de nuevo y me dice que sí, que en su casa me puedo quedar. Le digo que de acuerdo. La señora me recuerda a mi madre y a su consuegra Encarna, que vive en el pueblo. Me meten en la antigua habitación de sus hijos. Le digo si podría cenar algo y me dice que sí y me prepara una chuleta de brontosaurio con arroz y dos huevos... de postre, peras en conserva hechas por ella misma. Ummm... es almíbar para mi paladar.
Al meterme en la cama huelo las sábanas. Limpitas y con suavizante... ¡Qué placer!  


viernes, 12 de marzo de 2010

El Chaltén - R.N. 40

Despierto después de una noche no demasiado buena. Sopla un viento brutal. Por primera vez entiendo las camisetas que ponen "Viento. Mucho viento. Patagonia". El plan para hoy era hacer una excursión en bici hasta el Chorrillo del Salto. Una jornada relajada después de dos días de caminata. De momento me voy a tomar un café con leche con unas "facturas" (así llaman a la bollería en Argentina). Enfrente del café están poniendo un tejado. Se lo lleva el viento. A empezar de nuevo. Comienza a llover. Planifico mi ruta para los próximos días. Voy al cajero a sacar dinero, pero no me da. A los israelíes sí. Deben ser los dueños del banco. Grrr. Me quedan unos 100 pesos (unos 20€) para pasar el día de hoy y el de mañana antes de cruzar a Chile, así que me dirijo a un restaurante que aceptan euros, como y pago con un billete de 50, con lo que consigo algo más de efectivo. Problema resuelto.
Vuelvo para el hostal y me dedico a beber cervezas y jugar a los dados con el tipo de Montana que acampó a mi lado ayer en el campamento Poincenot. El hostal parece un barco hundiéndose. Entra agua por todos lados. A eso de las diez de la noche deja de llover y decido ir caminando hacia la estación de autobuses, que está como a kilómetro y medio del hostal. Ya en el bar de la estación me tomo un litro de cerveza hablando con el barero, su mujer y su hijo, que son todos muy simpáticos con su único cliente. Casi se me olvida que el bus sale a las once y media. Me toca al lado de un chico alemán que lleva un año viajando por todo el mundo. Se nota en algunos detalles que tiene pasta. Me acerco al baño del bus (cerveza obliga) y pega una peste a orines demencial. A medida que la gente va pasando por el baño el olor se extiende a todo el autobús. Estoy sentado justo en la mitad y en ocasiones es casi insoportable. Compadezco al que tiene la última plaza y trato de dormir.

En busca del puma

Los tres últimos días he estado en El Chaltén. Después de varias carreras porque me pensé que había perdido el pasaporte  (que mal trago) agarré el bus a las 7:30 en El Calafate. El bus me dejó en El Chaltén a eso de las 11:30. La vista cuando vas entrando en el pueblo es impresionante. Se encuentra al lado de una pared de roca de unos 100m. Enfrente se pueden ver el cerro Torre y el Fitz Roy ligeramente coronados en nieve y más a la izquierda el glaciar Viedma. La idea de estos dos días es poder ver de cerca el cerro Torre, el Fitz Roy y cazar la pieza de fauna que me falta. Dado que en Torres del Paine pude ver al huidizo huemul, el objetivo es ver un puma, que en este parque parece que hay algunos. Obviamente no me hago ilusiones, porque desde que estuve en el Kruger sé que ver felinos es muy complicado. Pero se hará el intento. Compro provisiones y a la 13:00 comienzo a andar hacia el campamento Poincenot cargado con tienda, saco y demás enredos. El camino estaba marcado como de 3 horas, pero debió marcarlo un amigo, porque cargado y todo lo pude hacer en bastante menos. Planté la carpa sorprendido por lo tranquilo que estaba el campamento. Cuando me disponía a salir dirección al mirador del Fitz Roy, me encuentro con Clementina (la chica con la que caminé en Torres del Paine) que acaba de quitar su tienda y se va al campamento del lago Torre. Es curioso como te vas encontrando la misma gente en diferentes sitios.

Subo hasta el mirador del Fitz Roy. El camino está marcado como peligroso, pero no es muy complicado. Sencillamente mira hacia arriba. La vista desde el mirador es espectacular.

Desciendo y cuando llego al campamento está lleno de israelíes. El tema de los israelíes no lo he tocado nunca en el blog, pero es un fenómeno muy curioso en la Patagonia. Por alguna razón, parece ser que tiene que ver con el final de sus dos años de servicio militar, a los israelíes les deben regalar o obligar a hacer o algo así un viaje por Patagonia. De forma que en la mayoría de sitios te encuentras muchos israelíes. Más de los que había visto jamás en mi vida. Son grupos de chicos y chicas de 22 años más o menos. Y van muchos juntos. Son desagradables, ruidosos y mal educados. Lamento tener que decirlo así, pero así lo he sentido estos días. Jamás te ceden el paso en un camino. Alguna vez  que he coincidido en el bus al lado de alguno, ocupan tu espacio sin ningún tipo de respeto (esto los palestinos lo saben bien). Llegan al hostal e intentan poner la tele en el canal que les da la gana… no sé, que son unos maleducados vaya. Y ni los argentinos ni los chilenos los tragan. Bueno, pues cuando llegué al campamento habían rodeado mi tienda con unas 10 tiendas de israelíes ruidosos. Tuve que dormir con tapones en los oidos (en un campamento, …).

Al día siguiente desperté como a las 8 y hacía un frío de la leche. Como en el parque no permiten hacer fuego me agarré el desayuno y me fui hacia el glaciar de piedras blancas, para calentarme un poco andando. Desayuné mirando al glaciar.

Los glaciares son curiosos. A primera vista no ves más que una masa blanca lejana, pero cuando te detienes un rato a observarlos los azules comienzan a aparecer ante tus ojos. Como muchas cosas, necesitas mirarlas detenidamente durante algún tiempo para poder verlas en realidad.

Caminando de vuelta hacia el campamento, pensé en que reclamo podría utilizar para atraer al puma. En mi mente apareció claramente un sonido: “Numerá, numerá… viva la numeración…”. Así que comencé a cantar “Pavo Real” a ver si la música de “El Puma”, hacía efecto llamada  pero no pareció funcionar. Vaya, el único efecto que surgió es que se me pegó la canción y la estuve cantando todo el día.  

Desmonté la tienda, empaqueté todo en la mochila y seguí el sendero Madre e Hija hasta el campamento Torres. Durante la mayor parte del camino, el Fitz Roy parecía controlar mis pasos desde arriba. Te dabas la vuelta y lo veías allí arriba, amenazante. Cuando llegué al cruce, decidí que por motivos de higiene hoy no acamparía (necesitaba una ducha). Así que dejé la mochila en el cruce y me encamine al mirador del cerro Torre. Me encuentro de nuevo con Clementina y quedamos para cenar esta noche. El camino hasta la laguna Torres es muy sencillo. Como observando el cerro y comentando con un argentino (consultor informático, dios los cría…) que el último japonés que intentó escalarlo se mató. No me extraña. A pesar de ser unos 300 metros más bajo que el Fitz Roy, en mi opinión es mucho más bonito y más impresionante. Como acostumbran a decir aquí es más bello. La subida al mirador es una hora relativamente dura y en mi opinión no compensa. La vista del cerro es prácticamente la misma, aunque hay una bonita vista del glaciar.

Acortar una noche la ruta tiene sus consecuencias. Mis piernas comienzan a pasarlo mal y mi espalda también cuando recupero la mochila. En el mismo cruce veo escondidos  varios sacos de dormir cuando subo a recuperar mi mochila. Nadie ha tocado nada. Cuando después de otras dos horas de camino veo aparecer El Chaltén debajo de una loma, me alegro y me dirijo a buscar una cama. Primer hostal lleno, segundo hostal ok. La cama tiene pinta de confortable y el sitio está muy limpio. Me doy la añorada ducha y voy a un ciber para sacarme el billete. Finalmente volaré el 4 de Abril desde Montevideo a Madrid.

El día de hoy, viernes, me noto muy cansado, así que me quedo por el hostal planificando los próximos días. Esta noche partiré hacia Los Antiguos en un bus que sale a las 23:30 y llega a las 13:30. Catorce horas para menos de 700 kilómetros. Obviamente todo carretera de ripio. Cruzaré (posiblemente a pié) la frontera a Chile Chico y a partir de ahí empezaré a subir la carretera austral a dedo (o como se pueda, pero no hay muchos buses).

P.S. A pesar de la cancioncita, no logré ver el puma. También probé invocando el recuerdo del Media cuando se ponía de portero jugando a centros en la portería del Aleu. Y el de Boris Becker diciendo “Sólo es Puma si pone DasslerPuma”. Nada de eso pareció funcionar… en el próximo parque lo probaré de nuevo.  

P.S.2. Las fotos son chulas pero es imposible colgarlas desde esta conexión, que es lentísima. En cuanto agarre otra mejor las añado.

martes, 9 de marzo de 2010

Hielo

Ayer fue un día fundamentalmente de acumulación de grasas. Me sentí un poco como el extraterrestre de "Sin noticias de Gurb". Me pasee por la calle central del Calafate unas 20 veces y a cada poco me paraba a comer o beber algo. A la hora de la comida compré medio kilo de bife y lo hice en el hostal a la plancha... impresionante. Yo no sé que le hacen a las vaquitas aquí. Por la tarde más de lo mismo, creo que probé todas las empanadillas de manzana, alfajores y chocolates de Calafate. Y por la noche como tenía hambre me fui a un "Todo lo que puedas comer" donde me puse hasta arriba de ternera y pollo a la brasa y me bebí una botellita de vinito, de forma que acabé cantando "Qué bonitas son las extremeñas" en el camino de vuelta al hostal.
Hoy a las 7:00 estaba en pie esperando el bus de la excursion al glaciar Perito Moreno. La excursión es cara, pero merece la pena. Primero fui a las pasarelas de la península de Magallanes (dentro del Parque Nacional de Los Glaciares) desde donde se puede observar el Perito Moreno. Estuvimos un rato y pudimos ver como colapsaban algunos trozos provocando olas en el lago. El glaciar es en algunos sitios de un azul intenso.

Además, detrás apareció medio arcoiris, que hacía que fuera aún más bonita la estampa.


Después nos llevan a un embarcadero y con barca cruzamos hasta la otra orilla, andamos por tierra unos 2 km hasta llegar cerca del glaciar y nos ponen los grampones y los arneses para adentrarnos en el hielo. Nunca había andado con tales instrumentos, osea que para mí es una experiencia totalmente nueva. Inicialmente te da miedo, te parece que el hielo se va a hundir y te va a absorber. Luego vas acostumbrándote y cada vez caminas más rapido. Andamos unas 2 horas por el hielo viendo lagos sobre el glaciar,
pozos en los que el agua se sumerge hasta llegar al fondo, ... no sabía que hubiera tanto movimiento encima de un glaciar.

Desde fuera parece una masa de hielo, cuando lo ves de cerca hay muchas cosas ocurriendo. Comemos unos bocatas sobre el hielo, bebiendo agua que se congeló hace 300 años (según nos dicen). Seguimos otras 2 horitas caminando y viendo el espectaculo. Me recuerda a el camino del volcán Kilauea, sólo que en vez de ser todo negro, en este caso todo blanco y ocasionalmente azul. Hay momentos en que todo lo que ves a tu alrededor es blanco. Parece el planeta de hielo de La guerra de las galaxias. Sólo nos falta ver al Yeti, pero parece que hoy no sale.
Volvemos al origen, nos deshacemos de grampones y arnes y en el barquito de vuelta nos regalan con un whisky y un alfajorcito. Ummm. La excursión mereció la pena.
Mañana a las 7:00 salgo hacia El Chalten. estaré 2 noches acampando en la parte norte del Parque de los Glaciares, lo más cerca posible del mítico monte Fitz Roy.