A las siete voy despertando en el bus. El despertar del que pasa una noche en autobús es por etapas: muy dormido, dormidillo, un ojillo entreabierto, medio grogui y finalmente desperezamiento exagerado y restablecimiento de la actividad neuronal.
Paramos a desayunar en un sitio muy curioso. Los dueños son unos chicos jóvenes que me recuerdan al Carmona (de mi pueblo). Unas horas más tarde paramos de nuevo en Bajo Caracoles. Sólo faltan unas retamas secas pasando por encima de la carretera para completar el paisaje del Far West. Es la pura estepa Patagónica. Kilómetros y kilómetros de llano amarillo. Estoy en la Ruta 40, la de diarios de la motocicleta.
Alrededor de las dos del mediodía llego a Los Antiguos. Chile Chico está a cinco kilómetros según mi guía y a once kilómetros según todo el mundo al que le pregunto. Me paso por información turística y decido dar un paseo por el pueblo. El bus a Chile Chico sale a las tres y media, osea que no tengo mucho tiempo. En mitad del paseo (el pueblo no tiene nada que ver) se me lanzan encima dos perros de esos que en una época en España salían en los telediarios porque mordían a los niños pequeños. Paso más miedo que siete viejas. Obviamente retrocedo y cambio la ruta que me había marcado el energúmeno de información turística. El tipo me mandó a pasar por delante de la casa del criador de perros asesinos. Hace falta ser... Paso por un parque que el tipo dijo "podrás ver fauna local". Veo unas vacas pastando.
En fin, un fichaje el de información turística.
Llego justo a tiempo para agarrar el bus a Chile Chico. Pasamos la frontera y en Chile Chico compro provisiones para comenzar a hacer la carretera. Chile Chico es otro pueblo con poco interés, así que decido encaminarme hacia el siguiente pueblo. Hay dos israelíes haciendo dedo. Serán las cinco y media de la tarde. Les pregunto si llevan mucho rato y me dicen que cinco horas. Esto tiene mala pinta. Es sábado y el próximo bus no sale hasta el lunes. Me niego a pasar dos días en este pueblo, así que echo a andar carretera adelante. El siguiente pueblo está a diecisiete kilómetros. En el peor de los casos llegaré caminando a la hora de la cena. A los diez minutos de andar me recogen unos campesinos en un pickup. Van al pueblo que está a diecisiete kilómetros. A los cinco kilómetros llegamos a un cruce y les pregunto
- ¿Pero el pueblo no está en la carretera?
- No, está a doce kilómetros.
Me bajo en el cruce. Pasan dos horas y no me para nadie. Me dedico al deporte oficial del autoestopista. Tirar piedras. Rompo una botella a pedradas y le doy a todas las señales de los alrededores. Trato de leer pero el viento hace que sea imposible. Ya me veo desandando los cinco kilómetros que me separan de Chile Chico. Me doy de plazo hasta las siete y media para que no se me eche la noche encima en el camino de vuelta. A las siete y veinte pasa un 4x4 argentino y ... para. Son una parejita muy simpática. Se dirigen a Puerto Guadal. Ni en el mejor de mis sueños. Subo y vamos parando para hacer foto en los miradores del camino, que discurre por la orilla del lago Buenos Aires-General Carrera (el segundo mayor de surámerica).
Al coche no le entran las marchas y en ocasiones nos quedamos parados por minutos mientras él trata de meterla (la primera) y ella le acaricia el hombro para que no se mosquee. El chaval es un cielo y resiste sin cabrearse. Yo en su lugar estaría con un cabreo de caballo.
Llegamos a Puerto Guadal a las diez y cuarto. Bueno, realmente llegamos a la cabaña donde ellos se alojan, que se encuentran a dos kilómetros del pueblo. Tal y como va el coche no me atrevo a pedirles que me acerquen. Me coloco mi linterna en la cabeza y echo a andar.
Al llegar al pueblo no se ve ni un alma. Casi no hay ni luz. Veo una tienda de licores abierta y me encamino hacia allí... ¿por qué será? Atiende un señor mayor. Le pregunto si sabe de algún hospedaje. Me dice que espere. Sale su mujer y me mira de arriba a abajo. Me pregunta que qué quiero. Le contesto de nuevo y me dice que sí, que en su casa me puedo quedar. Le digo que de acuerdo. La señora me recuerda a mi madre y a su consuegra Encarna, que vive en el pueblo. Me meten en la antigua habitación de sus hijos. Le digo si podría cenar algo y me dice que sí y me prepara una chuleta de brontosaurio con arroz y dos huevos... de postre, peras en conserva hechas por ella misma. Ummm... es almíbar para mi paladar.
Al meterme en la cama huelo las sábanas. Limpitas y con suavizante... ¡Qué placer!
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