Despierto después de una noche no demasiado buena. Sopla un viento brutal. Por primera vez entiendo las camisetas que ponen "Viento. Mucho viento. Patagonia". El plan para hoy era hacer una excursión en bici hasta el Chorrillo del Salto. Una jornada relajada después de dos días de caminata. De momento me voy a tomar un café con leche con unas "facturas" (así llaman a la bollería en Argentina). Enfrente del café están poniendo un tejado. Se lo lleva el viento. A empezar de nuevo. Comienza a llover. Planifico mi ruta para los próximos días. Voy al cajero a sacar dinero, pero no me da. A los israelíes sí. Deben ser los dueños del banco. Grrr. Me quedan unos 100 pesos (unos 20€) para pasar el día de hoy y el de mañana antes de cruzar a Chile, así que me dirijo a un restaurante que aceptan euros, como y pago con un billete de 50, con lo que consigo algo más de efectivo. Problema resuelto.
Vuelvo para el hostal y me dedico a beber cervezas y jugar a los dados con el tipo de Montana que acampó a mi lado ayer en el campamento Poincenot. El hostal parece un barco hundiéndose. Entra agua por todos lados. A eso de las diez de la noche deja de llover y decido ir caminando hacia la estación de autobuses, que está como a kilómetro y medio del hostal. Ya en el bar de la estación me tomo un litro de cerveza hablando con el barero, su mujer y su hijo, que son todos muy simpáticos con su único cliente. Casi se me olvida que el bus sale a las once y media. Me toca al lado de un chico alemán que lleva un año viajando por todo el mundo. Se nota en algunos detalles que tiene pasta. Me acerco al baño del bus (cerveza obliga) y pega una peste a orines demencial. A medida que la gente va pasando por el baño el olor se extiende a todo el autobús. Estoy sentado justo en la mitad y en ocasiones es casi insoportable. Compadezco al que tiene la última plaza y trato de dormir.
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