A las ocho me levanto y veo como despierta la ciudad de Coyhaique.
A las nueve ya se ha normalizado la actividad. A las diez estoy en la estación de autobuses, esperando la salida del bus a Puyuhuapi. Me comenta un alemán que a él le vendieron ayer un billete pero como no había suficiente gente, el bus no salió. Rezo para que hoy seamos bastantes. Finalmente a las once menos cuarto somos bastantes y el bus sale. El segundo conductor es muy amable y va haciendo labores de guía, explicándonos que la carretera se construyó en tiempos de Pinochet, y que antes había unicamente un camino que se podía hacer a caballo vadeando varios rios, de forma que sesenta kilómetros podían llevarte una semana. Él está en la zona desde quince años antes de la carretera. Vamos parando para hacer alguna fotos en lugares espectaculares, ante la paciencia de los pasajeros chilenos.
El bus me deja a las cuatro en la puerta del Parque Nacional Queulat. Camino hacia el Ventisquero Colgante. Parece Gulliver en el pais de los gigantes (ventisquero=glaciar). El bosque es muy verde. Lleno de helechos y de musgos y líquenes. Algunas especies son exageradamente grandes.
La vista del ventisquero al final del sendero es alucinante.
Después de ver los sitios de acampada dentro del parque, decido que quiero llegar a Puyuhuapi a pasar la noche. En parte porque quiero dormir en cama, en parte porque quiero dar señales de vida, que hace una semana que no puedo comunicarme con nadie y pienso que estarán preocupados. Según el guardaparques ya ha pasado el último autobús, así que toca hacer dedo. Puyuhuapi está a unos dieciocho kilómetros. Espero durante una hora mientras atardece. Pasan varios coches pero no se detienen. Finalmente pasa un bus y lo paro. Me lleva a Puyhuapi, un pueblo muy bonito, pescador a la orilla de un fiordo. Busco alojamiento (de nuevo en una casa particular habilitada para visitantes) y ceno unas lentejas con arroz y una ensaladita de frutas. Doy un paseito y duermo como un bendito.
El bosque chileno
ResponderEliminar...Bajo los volcanes, junto a los ventisqueros, entre los grandes lagos, el fragante, el silencioso, el enmarañado bosque chileno... Se hunden los pies en el follaje muerto, crepitó una rama quebradiza, los gigantescos raulíes levantan su encrespada estatura, un pájaro de la selva fría cruza, aletea, se detiene entre los sombríos ramajes... y luego desde su escondite suena como un oboe... Me entra por las narices hasta el alama el aroma salvaje del laurel, el aroma oscuro del boldo... El ciprés de las gauytecas intercepta mi paso... Es un mundo vertical: una nación de pájaros, una muchedumbre de hojas... Tropiezo en una piedra, escarbo la cavidad descubierta, una inmensa araña de cabellera roja me mira con ojos fijos, inmóbil, grande como un cangrejo... Un cárabo dorado me lanza su emanación mefítica, mientras desaparece como un relámpago su radiante arco iris... Al pasar cruzo un bosque de helechos mucho más alto que mi persona: se me dejan caer en la cara sesenta lágrimas desde sus ojos fríos, y detrás de mi quedan por mucho tiempo temblando sus abanicos... Un tronco podrido: qué tesoro!... Hongos negros y azules le han dado orejas, rojas plantas parásitas lo han colmado de rubíes, otras plantas perezosas le han prestado sus barbas y brota, veloz, una culebra desde sus entrañas podridas, como una emanación, como que al tronco muerto se le escapara el alma... Más lejos cada árbol se separó de sus semejantes... Se yerguen sobre la alfombra de la selva secreta, y cada uno de los follajes, lineal, encrespado, ramoso, lanceolado, tiene un estilo diferente, como cortado por una tijera de movimientos infinitos... Una barranca; abajo el agua transparente se desliza sobre el granito y el jaspe... Vuela una mariposa pura como un limón danzando entre el agua y la luz... A mi lado me saludan con sus cabecitas amarillas las infinitas calceolarias... En la altura, como gotas arteriales de la selva mágica se cimbran los copihues rojos (Lapagería Rosea)... El copihue rojo es la flor de la sengre, el copihue blanco es la flor de la nieve... En un temblor de hojas atravesó el silencio la velocidad de un zorro, pero el silencio es la ley de estos follajes... Apenas el grito lejano de un animal confuso... La intersección penetrante de un pájaro escondido... El universo vegetal susurra apenas hasta que una tempestad ponga en acción toda la música terrestre. Quien no conoce el bosque no chileno no conoce este planeta.
De aquellas tierras, de aquel barro, de aquel silencio he salido yo a andar, a cantar por el mundo...
Confieso que he vivido, Pablo Neruda
¿Ánde andarás? que se dice por estas tierras... Nos has acostumbrado a soñar un poquito cada día, y echamos de menos tus historias. Un besito mu fuerte de Anita que también está al día de tus viajes.
ResponderEliminarHasta pronto